27/08/2026 - Edición Nº514

Actualidad | 27 ago 2026

SALUD Y BIENESTAR

La generación cansada: por qué vivimos agotados y nunca descansamos

16:53 |El cansancio, la falta de sueño, las pantallas y el estrés sostenido pueden afectar nuestra energía y bienestar. Una reflexión sobre por qué vivimos cada vez más agotados.


Por: Redacción

La generación cansada: por qué vivimos agotados

Un motivo de consulta frecuente en mi consultorio es el cansancio. Ya prácticamente no sigue un patrón determinado, los pacientes son heterogéneos y hemos tenido esta charla con jóvenes, adultos y adultos mayores también, la cual hoy les comparto para que reflexionemos juntos.

¿Alguna vez sentiste que te despertaste cansado, atravesaste el día cansado y te acostaste igual de cansado?

No estás solo.

Vivimos en una época paradójica. Tenemos más tecnología que nunca para ahorrar tiempo, más herramientas para organizarnos, más comodidades y más posibilidades de comunicación. Sin embargo, una de las frases más repetidas en cualquier conversación cotidiana sigue siendo: "Estoy agotado".

Y no se trata solamente de cansancio físico. Muchas personas sienten una fatiga más profunda, una mezcla de falta de energía, dificultad para concentrarse, irritabilidad y la sensación de estar siempre corriendo detrás de algo.


La pregunta es inevitable: ¿qué nos está pasando?

Dormimos menos de lo que creemos

Una respuesta simple que sorprende a los pacientes. Durante millones de años, el cerebro humano evolucionó con ciclos naturales de luz y oscuridad. Sin embargo, en apenas unas décadas cambiamos radicalmente ese entorno.

Las luces artificiales, las pantallas y los horarios extendidos hicieron que dormir se transformara en una actividad negociable. Muchas personas consideran normal dormir cinco o seis horas por noche, cuando la mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas para recuperarse adecuadamente.

El problema es que el sueño no es tiempo perdido como habitualmente se cree. Mientras dormimos, el cerebro consolida recuerdos, regula emociones, elimina sustancias de desecho y reorganiza información. Dormir menos puede afectar la memoria, la capacidad de atención, el estado de ánimo e incluso aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares, obesidad y diabetes.

Dormir poco no es una muestra de productividad. Es una deuda biológica que tarde o temprano el cuerpo termina cobrando.

El secuestro silencioso de las pantallas

Hace apenas quince años existían momentos muertos: esperar un transporte, hacer una fila o sentarse unos minutos sin hacer nada.

Hoy esos espacios desaparecieron.

Cada pausa se llena automáticamente con una pantalla. Revisamos mensajes, redes sociales, noticias, correos electrónicos o videos. El problema no es la tecnología en sí misma. El problema es la ausencia de descanso mental.

Nuestro cerebro necesita alternar períodos de atención con momentos de recuperación. Sin embargo, la hiperestimulación constante mantiene activos los circuitos de alerta durante gran parte del día.

Además, las pantallas emiten luz que puede interferir con la producción de melatonina, una hormona fundamental para iniciar el sueño. Por eso muchas personas pasan una hora mirando el celular en la cama y luego se preguntan por qué les cuesta dormir.


Estrés: el combustible que nunca se apaga

El estrés no es necesariamente malo. De hecho, es un mecanismo biológico que nos permitió sobrevivir como especie, activando respuestas rápidas frente a los desafíos del entorno.

En este sentido, cobra vigencia la conocida frase atribuida al biólogo Charles Darwin: “No sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta al entorno”. El estrés, cuando es adecuado y transitorio, cumple precisamente esa función: ayudarnos a adaptarnos, responder eficazmente a las demandas y afrontar situaciones que requieren un esfuerzo extra.

El problema aparece cuando el sistema de alerta permanece encendido todo el tiempo. Nuestro cerebro interpreta un mensaje urgente, una discusión laboral, una deuda económica o una notificación constante como señales que requieren atención inmediata. Aunque no estemos corriendo delante de un peligro real, el organismo responde liberando hormonas que preparan al cuerpo para actuar, lo que llamamos respuesta de defensa o huida.

Cuando esta situación se prolonga durante semanas o meses, aparece el agotamiento.

Nos cuesta relajarnos, dormimos peor, disminuye nuestra capacidad de concentración y sentimos que nunca terminamos de recuperar energía.

Hiperconectados, pero no necesariamente más conectados

Nunca fue tan fácil comunicarse. Sin embargo, muchas personas experimentan una sensación creciente de soledad.

La hiperconectividad nos mantiene disponibles las veinticuatro horas. El trabajo entra en casa, los mensajes llegan a cualquier hora y la sensación de desconexión prácticamente desaparece.

Antes existían límites más claros entre el tiempo laboral y el tiempo personal. Hoy esos bordes son cada vez más difusos.

La consecuencia es que el cerebro rara vez percibe que la jornada terminó.

Y cuando nunca sentimos que terminamos, tampoco sentimos que descansamos.

¿Qué podemos hacer?

No existe una solución mágica. Pero sí pequeñas decisiones que pueden producir grandes cambios.

Priorizar el sueño como una necesidad biológica y no como un lujo.

Evitar pantallas durante la última hora antes de acostarse.

Recuperar momentos de silencio y pausas sin estímulos.

Practicar actividad física regularmente.

Establecer límites claros entre trabajo y descanso.

Y quizás lo más importante: aceptar que no necesitamos estar disponibles todo el tiempo.


Una reflexión final

Tal vez no somos una generación débil ni menos resistente que las anteriores.

Quizás somos una generación expuesta a una cantidad de estímulos que ningún ser humano había experimentado antes.

Nuestro cerebro sigue siendo el mismo que tenían nuestros abuelos. Lo que cambió fue el entorno.

Por eso, en una cultura que premia la velocidad, la productividad permanente y la conexión constante, descansar se convirtió en un acto de salud.

Y entenderlo puede ser el primer paso para dejar de vivir agotados.

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