Por: Jeremías Zabalo
Hay una pregunta incómoda —y profundamente moderna— que rara vez nos hacemos:
¿de qué sirve vivir más años si no vivimos mejor?
Habitualmente este tema surge en conversaciones del consultorio donde muchos pacientes sanos y con potenciales factores de riesgo consultan a modo de prevención u otros acompañan a sus familiares que padecen enfermedades crónicas, lo cual me motivo a compartir en esta columna información académica acompañada de reflexiones personales.
En las últimas décadas, la medicina ha logrado un hito histórico: aumentar la esperanza de vida. Hoy, en gran parte del mundo, las personas viven más tiempo. Sin embargo, este logro trae consigo un nuevo desafío: no solo sumar años a la vida, sino aprovecharlos poniéndole vida a esos años.
En Argentina, la esperanza de vida ronda los 76-77 años, un logro sanitario significativo gracias al trabajo considerable de las políticas de salud y el desarrollo biotecnológico. Sin embargo, este dato es solo una parte de la historia.
Aquí es donde el concepto de “envejecimiento saludable” cobra sentido. No se trata simplemente de evitar enfermedades, sino de mantener la funcionalidad, la autonomía y la calidad de vida a lo largo del tiempo.
Pero… ¿cómo se mide algo tan complejo?
Cuando la salud se convierte en un número
Para entender realmente cómo envejecemos como sociedad, la salud pública utiliza un indicador clavellamado: Años de Vida Ajustados por Discapacidad (AVAD o DALYs).
Este indicador al que llamamos “DALY” comprende o es igual a la sumatoria de Los Años de Vida Perdidos por una muerte prematura (AVMP) + Años Vividos con Discapacidad por una enfermedad crónica (AVD).
DALYs = AVMP + AVD
En otras palabras esto significa que no solo importa cuánto vivimos, sino cuánto de esa vida se pierde por enfermedad o discapacidad, esto cambia completamente la forma en que entendemos la salud.
En Argentina, las enfermedades no transmisibles —como las cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y las enfermedades respiratorias crónicas— explican más del 70% de las muertes y una proporción aún mayor de los años vividos con discapacidad.
No todo es morir: también importa cómo vivimos
Una persona puede vivir muchos años con enfermedades crónicas como la hipertensión arterial, la obesidad, diabetes o insuficiencia cardíaca, condiciones que no necesariamente causan muerte inmediata, pero sí afectan profundamente la calidad de vida.
Ahí es donde entran y toman valor los dos componentes del indicador DALYs:
• AVMP (Años de Vida Perdidos): cuánto tiempo de vida se pierde por morir antes de lo esperado.
• AVD (Años Vividos con Discapacidad): cuánto tiempo se vive con limitaciones o enfermedad.
La suma de ambos permite dimensionar la carga real de enfermedad en una población, integrando mortalidad y calidad de vida en un único número
En la región de las Américas, este indicador ha mostrado algo contundente: no necesariamente los países con mayor esperanza de vida son los que tienen mejor salud.
En nuestro país, gran parte de los años de vida saludable perdidos se deben a factores de riesgo modificables:
Esto implica que una porción significativa del envejecimiento no saludable es prevenible.
Esto plantea un cambio de paradigma:
´´El objetivo ya no es solo reducir la mortalidad, el verdadero objetivo es reducir la carga de enfermedad´´
Envejecer bien: una construcción, no un azar
El envejecimiento saludable no es un evento, sino un proceso. Esto significa que no depende solo de la genética o del sistema de salud, sino también de nuestras decisiones cotidianas.
La evidencia muestra que pequeñas acciones sostenidas en el tiempo —como realizar actividad física regular, controlar la presión arterial o mantener vínculos sociales activos— tienen un impacto directo en la reducción de los años de vida perdidos.
Una nueva forma de mirar la salud
Tal vez el mayor valor de estos indicadores no sea el número en sí, sino lo que nos obligan a replantear. Cierro con algunas consideraciones que me gusta compartir con mis pacientes:
No se trata solo de sumar años, sino de mejorar la calidad de esos años.
Porque al final, la verdadera longevidad no se mide en años…se mide en años vividos con plenitud.
En una Argentina que envejece progresivamente, el desafío es claro: transformar la longevidad en bienestar.
El envejecimiento saludable no es un privilegio, es una oportunidad… y una responsabilidad compartida.